
Existen en Sevilla una serie de edificios que nos hablan de un rico pasado en el que la abundancia se paseaba señorial por la ciudad. Iglesias, palacios y conventos son testigos de épocas en las que Sevilla fue una de las urbes más importantes de Europa. A veces cuesta encontrar esos edificios, algunos han desaparecido y sólo tenemos fotografías en blanco y negro como recuerdo, otros siguen en el mismo lugar, pero ocultos a la ciudadanía que pasa ante sus puertas sin saber la joya que se esconde en su interior.

Es el caso de la Casa Lissén, que se abre a las calles San Andrés y Cervantes, en pleno centro de la ciudad. Actualmente acoge la delegación provincial de la Consejería de Obras Públicas y Vivienda, pero cuando fue construida llegó a ser reconocida como el mejor palacio de la ciudad, sólo superado en opulencia por el desaparecido de Miguel Sánchez Dalp en la plaza del Duque. Ambas residencias nos hablan de una rica burguesía que tiene los medios para levantar historicistas palacios que nada tenían que envidiar a los de la nobleza. Mientras que en Cataluña el Modernismo se convierte en el vehículo de propaganda de la alta burguesía, en Sevilla se hará lo propio con el Regionalismo, recogiendo toda una herencia arquitectónica centenaria.

La Casa Lissén fue encargada por José Julio Lissén Hidalgo al arquitecto José Espiau y Muñoz. En realidad se trata de la remodelación de una residencia ya existente, pero el resultado es prácticamente un palacio de nueva planta. Lissén, enriquecido gracias al comercio de aceite a principios del siglo XX, le dio completa libertad al arquitecto para que dejara volar su imaginación. Espiau reproduce en este edificio entre 1918 y 1919 los mismos modelos que aplicaría en el Hotel Alfonso XIII, pero a menor escala. La fachada ya nos deja entrever lo que nos podemos encontrar en el interior, pero sólo en algunos detalles ya que en general es bastante sencilla en comparación con los salones que conforman la casa. Azulejería y forja dan personalidad a una fachada dividida en tres plantas, salón principal, piso noble y una tercera planta para el servicio.

Tras acceder por la portada principal, un lujoso vestíbulo da la bienvenida al visitante. El espacio se distribuye en tres naves separadas por columnas y arcos que sirven de soporte a la azulejería y que sostienen un magnífico artesonado de tradición renacentista. Julio Lissén empleó todos sus ahorros en la construcción de su palacio, arruinándose poco después. Su viuda no tuvo más remedio que malvender el palacio que quedó en manos de una comunidad religiosa, transformándose en convento. El espacio del vestíbulo, con su curiosa distribución, se destinó a capilla de la comunidad, aprovechando las tres naves como lugar de oración.
El vestíbulo da paso al patio principal de la casa. De nuevo nos encontramos con un derroche de la mejor arquitectura regionalista. Se toman como modelo los grandes palacios sevillanos, los Reales Alcázares y la Casa de Pilatos. Yeserías, artesonados, pinturas, forja... lo mejor de la artesanía al servicio de una vivienda particular.
Los artesonados, todos diferentes, son una auténtica maravilla.
Al igual que la forja que cierra puertas y ventanas.
La azulejería en los techos no puede faltar, en clara referencia a las cubiertas del siglo XVII.
El patio comunica todas las dependencias de la casa. A él se abre la portentosa escalera que asciende a la segunda planta y a él dan los diferentes salones del palacio. Uno de ellos tiene un interesante zócalo de madera decorado con hojas de acanto, la cubierta es otro espectacular artesonado.
Seguimos en la planta baja, donde nos encontramos el comedor de verano. Era usual en este tipo de viviendas contar con una duplicidad de estancias que se utilizaban en función de la época del año. La planta de abajo se reservaba para los meses de más calor y la superior, que se calienta mejor con los rayos del sol, se utilizaba en invierno. Esta cristalera da acceso al comedor de verano.
El comedor dispone de una exedra que se abre al jardín del edificio, hoy muy reducido.
Nuevos y espectaculares artesonados cubren la estancia.
Si el vestíbulo fue creado para deslumbrar al visitante, la escalera cumple esa misma función. Diseñada en tres tramos con balaustrada de mármol, las paredes están literalmente forradas de azulejería donde priman el amarillo y el azul. Querubines, angelotes y toda clase de personajes mitológicos danzan en los diferentes paños de azulejos, sosteniendo frutos y cartelas con bustos de los dueños del palacio.
Una cubierta con tonos dorados remata el conjunto.
No pueden faltar las vidrieras para iluminar la escalera. Todo calculado hasta el último detalle.
Ya en la planta superior las galerías del patio vuelven a cubrirse con ricos artesonados.
Del primitivo palacio se han conservado algunas de las estancias, otras se han perdido con el paso del tiempo y han sido tan remodeladas que actualmente no conservan nada de principios del siglo XX. En esta planta noble nos encontramos estancias tan interesantes como el Salón de fumar, cubierto con una bella bóveda y cuyas puertas están ricamente decoradas.
O el Salón de Baile, una estancia que no podía faltar en una residencia de estas características en las que las grandes fiestas servían para que la alta sociedad se relacionase.
Por último llegamos al comedor de invierno, con una estructura prácticamente igual al que vimos en la planta inferior. De nuevo una exedra se abre hacia el jardín con amplios ventanales que iluminan la estancia.
No puede faltar en este salón una chimenea, decorada con relieves de madera y un artesonado.
La madera es precisamente el elemento principal de este salón, un material que no sólo encontramos en la chimenea, también en el artesonado y en los zócalos.
Como detalle nos encontramos esta bella forma de cubrir los radiadores con caprichosa forja.
Sin duda uno de los edificios más interesantes y bellos de la ciudad, testigo de una época en la que las buenas expectativas de la Exposición Iberoamericana fomentaron la monumentalización de la ciudad gracias al dinero que movió el evento. El Regionalismo ha sido desde entonces, la mejor carta de presentación de la ciudad, un estilo al que estamos acostumbrados a ver en fachadas pero que gracias a la Casa Lissén, vemos también aplicado a lujosos interiores.
Gracias a los que han hecho posible esta visita.