Burdeos me ha enamorado. No puedo empezar este post de otra forma que reconociendo mi amor incondicional por esta ciudad volcada hacia el río Garona. A lo largo de los años he ido conociendo ciudades que se han ganado a pulso un trocito de mi corazón, me ha pasado con grandes capitales como Praga o Berlín y con ciudades de menor tamaño como Bilbao o Valladolid. Ahora Burdeos comparte espacio con ellas.
Mientras preparaba el viaje leí artículos en blogs, reportajes e incluso entrevistas al alcalde, Alain Juppé, principal impulsor de los cambios urbanísticos que la ciudad ha experimentado en los últimos años. Una de las cosas que más me llamaba la atención en los reportajes que leía era cómo se hablaba del turismo. El alcalde afirmaba en una entrevista que el turista que llega a Burdeos se mezcla de tal forma con los bordeleses que pasa totalmente desapercibido. Al leerlo me pareció el típico tópico que se dice de cualquier ciudad turística pero tras conocer Burdeos estos últimos días puedo asegurar que es totalmente cierto. En Burdeos hay turismo, pero pasa completamente desapercibido. Cuando vas paseando por la ciudad te sientes un bordelés más, ya que compartes espacio con ellos (sentado en los muelles tomándote un helado mientras miras a la gente paseando, sentado en los escalones del Gran Théâtre al atardecer mientras un músico callejero anima el ambiente o mientras cenas en un restaurante y en las mesas de al lado están hablando en francés, inglés o castellano). El turismo de Burdeos me ha sorprendido gratamente porque es el turismo de hace años, antes del boom de los free tours, los segways, los grupos siguiendo a un guía que habla a voces por un micrófono, las tiendas de souvenirs con toda la mercancía en la puerta... Supongo que sabéis de lo que hablo.
