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martes, 12 de abril de 2016

Sevilla oculta: el Convento de los Capuchinos

Pórtico de acceso al convento de los Capuchinos


La llegada de los franceses a Sevilla en 1810 supuso la pérdida de un ingente patrimonio artístico que vació iglesias, parroquias, conventos y palacios de lo mejor de nuestro arte. Sin duda, uno de los episodios más impactantes de la invasión fue el que protagonizaron los frailes del Convento Capuchino que ante la llegada de los franceses se llevaron a Cádiz los lienzos de Murillo que decoraban su iglesia. Cuando llegaron los invasores, se encontraron una iglesia vacía y ocuparon el convento. Tras la victoria española sobre la tropas napoleónicas, los cuadros regresaron a su lugar de origen, pero el destino quiso que los magníficos lienzos de Murillo fueran requisados unos años después al figurar el convento en la lista de bienes eclesiásticos que debían ser desamortizados según la Ley de Mendizábal. Para entonces, el lienzo principal, el que representaba el Jubileo de la Porciúncula, ya no estaba en la iglesia, puesto que fue entregado al pintor Manuel Cabral Bejarano en concepto de pago por la restauración de las pinturas. Los lienzos de Murillo que decoraban la iglesia, uno de los conjuntos pictóricos más importantes del Barroco español, así como otros cuadros del pintor depositados en otras dependencias del convento, fueron a parar al Museo de Bellas Artes, a la Catedral y a distintos museos europeos.





El siglo XIX fue por tanto una época calamitosa para el convento capuchino y no será hasta los años noventa de ese siglo cuando los frailes puedan regresar a su hogar, encontrándose un edificio desvalijado y con sus propiedades cercenadas. En lo que habían sido huertas del convento se fueron construyendo diferentes edificios como el Hospital de la Cruz Roja, límite sur de las propiedades monacales. En la actualidad al convento se accede por un atrio que da acceso a la iglesia principal y en torno a ella se distribuyen las sencillas dependencias monacales.

Fachada principal del templo

Azulejos de Enrique Orce Mármol dedicado a la Divina Pastora (1920)


La fundación del convento de los Capuchinos se remonta a 1627 asentándose sobre construcciones anteriores como una antigua capilla dedicada a las Santas Justa y Rufina o un pequeño convento de monjas que pudo estar bajo la advocación de San Leandro. Al recinto se accede por un pórtico monumental en cuyo tímpano se encuentra una imagen en barro cocido de San Francisco de Asís, que sustituye al original de Antonio Susillo que se conserva en las dependencias monacales. Ya en el atrio nos encontramos, de frente, con la iglesia del convento, a cuyo lado está la Capilla de la Orden Tercera. 

San Francisco de Asís, de Antonio Susillo. Estuvo en la hornacina del pórtico de acceso al convento

El abrazo de San Francisco, paño de azulejos de Orce Mármol que reproduce el cuadro de Murillo


El templo principal sigue el esquema básico de todos los conventos capuchinos, con una triple portada que da acceso a un nártex. El interior, de planta basilical, se divide en tres naves con cúpula en el crucero. Tras el regreso de los frailes en 1897 y ante la pérdida del conjunto pictórico de Murillo, fue redecorado con nuevos retablos y obras de arte en las que participaron artistas de la talla de Antonio Susillo, que firma la imagen de Fray Diego de Cádiz o Virgilio Mattoni, que tuvo una estrecha relación con los frailes, pintando varios cuadros para el convento como el Éxtasis de San Francisco que remata el Presbiterio. La Virgen de los Dolores, de Juan de Astorga, el crucificado del siglo XVIII del Presbiterio o las piezas firmadas por Cristóbal Ramos (como la Piedad del Presbiterio) contribuyen a engrandecer el patrimonio atesorado por la comunidad desde el siglo XIX.


Retablo dedicado a San Francisco de Asís

Santa Isabel, de Virgilio Mattoni. Retablo de San Francisco de Asís

San Buenaventura, de Virgilio Mattoni. Retablo de San Francisco de Asís


La devoción a la imagen de la Virgen como Pastora es una de las señas de identidad de este convento, ya que fue precisamente en este lugar donde nació esta iconografía en 1703, extendiéndose posteriormente por todo el mundo. La imagen de la Pastora se repite, una y otra vez, por las dependencias del convento, tanto en escultura, como en pintura, retablos cerámicos e incluso dibujos, destacando el lienzo de Domingo Martínez del siglo XVIII o los retablos cerámicos de Enrique Orce Mármol de la fachada principal y el fechado en 1919 y pintado por José Macías, creado para rematar la portada principal pero que finalmente fue sustituido por el de Orce tras tras nombrarse a la Divina Pastora cotitular del templo junto con Santa Justa y Santa Rufina en 1920.

Retablo dedicado al Beato Diego José de Cádiz, escultura de Antonio Susillo

Lienzo de la Divina Pastora, de Domingo Martínez (siglo XVIII)


Sin duda el esfuerzo ingente que realizó la comunidad para dotar al convento de nuevas piezas artísticas es digno de mención. Destaca, por su abundancia y calidad, el conjunto de piezas cerámicas que se reparten por diferentes estancias del convento y que la web Retablo Cerámico se ha encargado de inventariar y fotografiar. De entre los paños cerámicos realizados a finales del siglo XIX destaca el que se dispuso en el Presbiterio de la iglesia, que se ha atribuido a José Gestoso y que ha vivido su particular periplo. Los azulejos fueron desmontados para realizar obras de conservación en esta zona del templo en 1989, quedando almacenados y olvidados. No será hasta el año 2014 cuando aparezcan de nuevo, restaurándose y devolviéndose a la iglesia donde actualmente se pueden contemplar. Lamentablemente algunos paños estaban en tan malas condiciones que no pudieron recuperarse y se han encargado nuevos diseños para completar el conjunto.





En la portería se conserva otro bello panel de azulejos firmado por José Gestoso en 1897. Se trata de un tríptico donde aparecen la Adoración de los Reyes flanqueada por San Leandro y San Sebastián. Lo más curioso es que en la inscripción que acompaña a las imágenes se explica que Gestoso tomó como modelo una tabla fechada en el 382 y que se conservaba en unas de las capillas exteriores del convento, hoy desaparecida.

Panel de azulejos realizado por José Gestoso (1897)


La visita al Convento de los Capuchinos es sólo una muestra más del tesoro artístico e histórico que conservamos en la ciudad después de siglos y a pesar de guerras, cambios urbanísticos y especulaciones. La celebración del IV centenario del nacimiento de Murillo en 2017 bien podría servir como excusa para darle otra dimensión cultural a este convento, que a pesar de no conservar a día de hoy obra suya, fue un punto fundamental de su carrera artística y de la conservación del patrimonio sevillano.

Inmaculada. Trascoro de la iglesia de los Capuchinos


Por último no puedo más que agradecer la amabilidad con la que el Guardián de la comunidad capuchina, Fray Francisco Luzón Garrido me ha recibido para conocer los entresijos del convento y a Manuel P. Rodríguez el haber hecho posible esta visita.