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sábado, 23 de enero de 2016

Una pintura taifa oculta bajo San Julián


La Sevilla arqueológica tiene aún mucho que contar sobre la evolución de nuestra ciudad a lo largo de su milenaria historia. Cada obra que se hace suele arrojar una información valiosísima sobre cómo era la Sevilla del pasado y cómo vivían nuestros antepasados. Si bien la mayoría de las excavaciones arqueológicas que se llevan a cabo en Sevilla pasan a engordar los fondos del Museo Arqueológico y jamás trascienden a la opinión pública (por no hablar de aquellos yacimientos que directamente son destruidos sin que se sepa de su existencia), en ocasiones esos restos quedan como  testigos de un pasado remoto. Es lo que ha ocurrido con los restos fechados en el siglo XI conservados en el sótano de la Casa Hermandad de la Hiniesta.



Durante las obras de construcción del nuevo edificio, hace ahora diez años, aparecieron una serie de restos islámicos entre los que destacaba, por su calidad y belleza, una pintura que los arqueólogos han identificado como uno de los frentes de un patio rehundido de época taifa. Quién sabe si podría ser uno de esos palacios a los que el rey Al Mutamid hacía referencia en sus escritos y que estaban situados extramuros de la Sevilla islámica. Por su antigüedad y tamaño, la pintura conservada en el barrio de San Julián es única en España. Un lujo que en su momento se planteó trasladar al Museo Arqueológico pero que finalmente se quedó en el lugar donde apareció por imperativo de la administración autonómica.

Frente del patio con la pintura y el hueco del surtidor de agua

De hecho se han constatado varias fases de ocupación de este espacio, desde época tardoantigua hasta la actualidad. Los restos de mayor importancia son los que han quedado visibles, del siglo XI, aunque el edificio del que formaron parte las pinturas habría sido destruido en el siglo XII para construir otro nuevo en época almohade. Lo más reciente que apareció en la excavación fueron los cimientos modernos de la casa que ocupaba el espacio desde los años sesenta y que perforó, en parte, los restos islámicos. 


La actuación que se llevó a cabo en aquel momento fue una intervención de conservación preventiva, siendo necesaria una labor de consolidación y restauración más exhaustiva que devuelva toda su riqueza y colorido a la pintura. El proyecto de obra fue replanteado ante la exigencia de la Consejería de Cultura de que la pintura debía conservarse in situ, por lo que se habilitó un sótano que es utilizado como almacén por la Hermandad. El objetivo final es lograr financiación para restaurar los restos y musealizarlos de manera que puedan ser visitados.


Durante la visita, Francisco Ros, miembro de la Hermandad, nos relataba que se han puesto en contacto en varias ocasiones con diferentes administraciones para lograr fondos que permitan restaurar el yacimiento y abrirlo al público. Cuando la Comisión de Patrimonio obliga a que un resto arqueológico se conserve en el lugar donde ha aparecido, normalmente se condena a dicho bien al ostracismo y al abandono. Tenemos varios casos en Sevilla que demuestran la incongruencia de proteger unos restos por su valor histórico y patrimonial mientras que, tras la protección, quedan relegados al olvido, deteriorándose sin remedio. El caso de los hornos almohades aparecidos durante las obras del aparcamiento subterráneo del Cristina es quizá el ejemplo más flagrante, pero también podríamos citar la tumba sefardí del aparcamiento de Cano y Cueto o, en una posición mucho más privilegiada, las termas romanas de la calle Segovias, integradas en el salón de celebraciones de un hotel o la necrópolis de la Carretera de Carmona. ¿De qué sirve obligar a conservar al aire libre estos restos? ¿Disfruta la ciudadanía de ellos? ¿Se invierte algo en su conservación posterior? ¿No sería más sensato volver a enterrarlos y dejarlos protegidos para el futuro? Cuando se saca a la luz un resto arqueológico se lo está sometiendo a un estrés muy agresivo, ya que se rompe de manera drástica la burbuja temporal en la que estaba escondido, enfrentándose a una serie de factores (contaminación, humedad ambiental, cambios de temperatura, agentes biológicos) que pueden hacerlo desaparecer en un tiempo récord. Si realmente queremos que estos restos formen parte de nuestro patrimonio, deben ser conservados en condiciones óptimas y debidamente difundidos para que la ciudadanía los conozca y los valore. De lo contrario, lo mismo hubiera sido destruirlos durante la construcción del edificio o infraestructura en cuestión puesto que el paso del tiempo se encargará de ir borrando su memoria hasta que desaparezcan.


>> Gracias a Francisco Ros y a la Hermandad de la Hiniesta por haber hecho posible esta visita. Página web de la Hermandad con información sobre el yacimiento (enlace)

1 comentario:

Gabriel Maestre dijo...

Quizá éste sea un ejemplo más de las limitaciones de lo público a la hora de conservar el patrimonio. A mí como Sevillano me encanta pasearme gratis por museos y monumentos administrados por el Ayuntamiento, la Diputación y la Junta, y los siento un poco míos, pero la burocracia y las limitaciones económicas hacen difícil gestionar el patrimonio. En el sur de Europa tenemos mucho patrimonio y pocos recursos para administrarlo. ¿Debería la iniciativa privada tener más capacidad de administrar el patrimonio? Recordemos el caso de el mural cerámico automovilístico de Tetuán, que los dueños de la casa quieren reinstalar en el muro de la primera planta y la Administración no les deja, argumentando que debe quedarse en su emplazamiento original (aunque se deteriore...)¡Un saludo!