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jueves, 9 de agosto de 2012

Cultura de Sevilla en... Barcelona (II): Palacio Güell


Decir Barcelona es decir Gaudí y pensar en Gaudí es evocar la ciudad de Barcelona. Los catalanes han sabido vender como nadie la arquitectura del genial arquitecto de Reus, que junto con otros arquitectos modernistas convirtió a Barcelona en la capital de las formas vegetales y animales. Si el emperador Augusto dijo aquello de "encontré una ciudad de ladrillos y dejo una de mármol" en referencia a Roma, podríamos decir que Gaudí fue el artífice de la gran transformación que sufrió Barcelona entre finales del siglo XIX y principios del XX, la guinda del pastel del Plan Cerdá. El modernismo mueve masas en Barcelona y la figura de Gaudí es objeto de culto. Lo saben las tiendas de souvenirs y lo saben también los propietarios de los edificios que diseñó. Uno de los últimos en sumarse a la fiebre gaudiniana es el Palau Güell, una auténtica joya escondida en el barrio del Raval, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1984 y propiedad de la Diputación de Barcelona. Tras una cuidadosa restauración, ha abierto sus puertas al público para que gocemos del tránsito de la arquitectura historicista a la exuberancia del modernismo.




Eusebio Güell fue uno de los hombres más ricos del mundo a finales del siglo XIX. Los negocios de su familia le reportaron una fortuna estimada en unos setenta mil millones de euros actuales, una cantidad más que suficiente para diseñarse un palacio donde el lujo fuese la seña de identidad. El elegido para su construcción fue Antonio Gaudí, al que conoció casi por casualidad, tras ver alguno de sus diseños en una Exposición industrial de París. De vuelta a Barcelona, Güell dio con Gaudí y gracias a las obras que le encargó, lo encumbró como arquitecto principal de la burguesía catalana. El Palau Güell se construye entre 1885 y 1895 con una aportación económica casi infinita que permitió al arquitecto desarrollar sus, por entonces, originales ideas. Gaudí creía en un tipo de arquitectura donde el detalle era tan importante como el conjunto, por lo que ceramistas, carpinteros, vidrieros y forjadores debían trabajar al unísono para hacer del edificio un todo perfecto.


En el Palau Güell Gaudí experimentó algunas de sus características arquitectónicas y decorativas más conocidas, como el arco parabólico o el trencadís, convirtiendo las funcionales chimeneas de la azotea en sugerentes objetos decorativos.



El coste de las obras llegó a ser tan desorbitado por el lujo empleado en los materiales (como el oro para determinados techos) que provocó las quejas del contable de la familia, asustado por la facilidad con que Güell dilapidaba su fortuna en su nueva casa. La grandeza del palacio tampoco fue del agrado de la mujer de Güell, que nunca se sintió cómoda en su nuevo hogar, lo que precipitó la mudanza a la que estaba llamada a ser la nueva zona de moda de la ciudad, el Parque Güell, también diseñado por Gaudí. La familia vivió, por tanto, poco tiempo en el lujoso palacio de la calle Nou de la Rambla.



Las cinco plantas del edificio (de apenas 500 metros cuadrados de planta) giran en torno al gran salón central, diseñado con todo lujo de detalles para asombrar a los visitantes e invitados a las recepciones de la familia Güell. Coronado con una espectacular cúpula por cuyos vanos entra la luz a raudales, simulando el cielo, el salón central no sólo sirve como nudo de comunicaciones del edificio, sino que incluye la capilla y el órgano en el que destacados compositores de la época acudían a interpretar sus piezas.


La visita al Palau Güell es una auténtica delicia. Y todo un negocio. A diez euros la entrada, las colas para entrar se aprecian desde primera hora de la mañana. Sin embargo, son diez euros bien invertidos, tanto por el magnífico edificio como por la calidad de la visita: la entrada incluye audioguía y un librito con la historia y planos del edificio; todo pensado para que disfrutes al máximo de la experiencia Gaudí.


Durante la visita al Palau Güell me venía constantemente a la memoria la Casa Lissén de la plaza de San Andrés, en Sevilla. Un magnífico edificio regionalista de José Espiau y Muñoz, construido entre 1918 y 1919 para el empresario José Julio Lissén Hidalgo y del que ya se hizo un reportaje en Cultura de Sevilla. Si bien las diferencias son importantes, no dejaba de pensar en lo bien que se vende el modernismo en Barcelona como 'marca' de la ciudad, sin que en Sevilla seamos capaces de hacer algo similar con el Regionalismo. El palacete Lissén bien podría acoger una visita similar a la del Palau Güell, con audioguías que explicaran no sólo el edificio, sino la Sevilla del momento, e incluso adornar sus salas (hoy reconvertidas en oficinas de la Junta de Andalucía) con mobiliario original conservado en museos e instituciones. La visita al Palau Güell no sólo me sirvió para conocer una joya escondida de la Barcelona modernista, sino para ver esas oportunidades que aún restan por explotar en nuestra ciudad sin que nadie apueste por ellas.


1 comentario:

hispalensis dijo...

Muy acertada la comparativa Modernismo/Regionalismo. Creo que queda mucho camino por recorrer para poner en valor esa etapa artística de grandes arquitectos y otros artistas que tanto ofrecieron a la actual fisonomía urbana de la ciudad hispalense. De vez en cuando suelo abordar el regionalismo sevillano en mi blog www.delviejonervion.blogspot.com. Recibe un saludo muy cordial y enhorabuena por tu post de la capital catalana.