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lunes, 4 de julio de 2016

Casa para José Borrego en calle Águilas


Nunca me cansaré de hablaros de la importancia que tiene el patrimonio en su conjunto. Cada vez que en Sevilla (o en cualquier otra ciudad) se tira el interior de un edificio para "modernizarlo" dejando únicamente una bonita fachada, el daño que se le está haciendo al patrimonio de la ciudad es enorme. Un edificio es patrimonio no sólo porque su fachada sirva de decorado a la idea romántica que podamos tener de una ciudad, sino porque en su interior conserva la esencia de quienes en él habitaron, lo usaron o lo construyeron. ¿Os imagináis la Catedral de Sevilla convertida en un moderno contenedor donde sólo se conservaran las fachadas? ¿Sería posible entender lo que la Catedral significa para nuestra historia y patrimonio si derribásemos la Capilla Real, la Sacristía Mayor o el Coro?


El caserío histórico de la ciudad suele pasar bastante desapercibido cuando se habla de patrimonio. Destacan iglesias, conventos y palacios, pero nos solemos olvidar de que en cada edificio, en cada casa del siglo XVII, XVIII, XIX o XX habitaron una serie de personas que invirtieron su esfuerzo y dinero en construirlas. Cada vez que eliminamos unos suelos hidráulicos, unas yeserías, un zócalo de azulejos o unas vigas de madera, estamos hiriendo de muerte al patrimonio por mucho que conservemos una bonita fachada como decorado temático.


Prácticamente desaparecido el caserío del siglo XVII y XVIII, son los edificios del XIX y principios del XX los que más peligro corren en nuestros días de enmudecer para siempre. Los años finales del siglo XIX supusieron para Sevilla un renacer de la industria ornamental gracias a la labor de personajes como José Gestoso, que se empeñaron en devolver a la arquitectura sevillana la decoración de la que presumían los edificios históricos. Será ya con el Regionalismo cuando se produzca una verdadera revolución ornamental que recuperará técnicas y artesanías del pasado con mayor o menor grado de originalidad.

El Concurso de Casas Sevillanas organizado por el Ayuntamiento en 1912 sirvió de muestrario de lo que el Regionalismo podía ofrecer. Los mejores arquitectos de la Sevilla del momento recurrieron a los estilos del pasado para decorar fachadas, zaguanes y patios en un ambiente de gran agitación (y especulación) económica por la Exposición Iberoamericana. Entre los edificios admitidos por el Jurado destaca la casa que construyó Antonio Arévalo Martínez para José Borrego, en el número 21 de la calle Águilas.


Este edificio pasa bastante desapercibido por la estrechez de la calle (¿veremos algún día la calle Águilas peatonalizada?) pero su fachada es una delicia decorativa. Tal y como podemos leer en el libro 'Arquitectura del Regionalismo en Sevilla' de Alberto Villar Movellán "en la memoria explicativa Arévalo concede gran importancia al simbolismo que encierra la fachada. En efecto, el arquitecto ha eliminado las impostas entre pisos para indicar que allí vive una sola familia, cuya base matrimonial está representada en las cabezas de hombre y mujer que decoran los balcones laterales del primer piso; las guirnaldas de la puerta hablan idílicamente del hogar, que 'debe ser lugar de reposo y alegría', en tanto que los cuatro paneles cerámicos con flores del segundo piso representan las cuatro estaciones del año, como tributo a la naturaleza y 'recordando las azoteas llenas de flores de esta hermosa ciudad'".


En la siempre recomendable web de Retablo Cerámico encontramos la correspondiente ficha de los azulejos de la fachada, apareciendo la fábrica donde se realizaron (José Mensaque y Vera) y la fecha (1912). De esta misma fábrica son los maravillosos azulejos que decoran tanto el zócalo del zaguán con escenas de corte griego como el arco de acceso a la casa, estando firmados por el pintor José Recio del Rivero. Encontrar esta casa abierta es bastante complicado al ser una residencia particular pero cuando el destino te da la ocasión de encontrarte la puerta de par en par no puedes más que aprovechar la oportunidad y asomarte a su interior. Quizás lo más destacable sean los azulejos que decoran zaguán, patio, escalera y parece ser que el resto de estancias, pero llaman también la atención algunos elementos decorativos como la ventana de la escalera, las puertas de madera de las diferentes habitaciones o el cierre metálico del primer piso. ¿Os imagináis todo esto derribado y tirado en una cuba para hacer apartamentos turísticos? Pues eso es lo que está ocurriendo con muchos edificios del centro sin que se repare en el valor artístico e histórico de todo este patrimonio. "El centro no puede quedarse muerto y debe ir renovándose para adaptarse a los tiempos" he escuchado decir en alguna ocasión. El problema es que en ese "adaptarse a los tiempos" lo que se esconde es una destrucción sistemática de nuestro patrimonio por motivos especulativos y económicos. Al fin y al cabo, estamos perdiendo edificios enteros para ponerlos al servicio del Turismo y las franquicias comerciales. ¿Es eso adaptarse a los nuevos tiempos o perder nuestra esencia por obtener un rendimiento a corto plazo? Cuidemos de nuestro patrimonio porque cada vez queda menos y, sin él, todo ese castillo de naipes turístico podría venirse abajo.



3 comentarios:

Isaac Chalmain dijo...

No se puede decir de mejor modo. ¡Enhorabuena por tu sabiduría, sensibilidad y defensa -tan necesaria- del patrimonio global de nuestra ciudad!

Sergio Harillo dijo...

Gracias por tus palabras, Isaac. ¡Un saludo!

Miguel Ángel dijo...

¡Totalmente de acuerdo Sergio! Hace dos días, en un paseo fortuito por la calle Águilas (no vivo en Sevilla), tuve ocasión de fotografiar el interior del zaguán y, por supuesto, al dios Hermes, allí representado en uno de sus azulejos. Saludos