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domingo, 5 de abril de 2015

El monumento público en Sevilla (II): La época dorada del monumento público

Jardines de las Delicias

El siglo XIX será sin duda la época dorada del monumento público a nivel internacional y en Sevilla tenemos buenos ejemplos de esculturas erigidas a lo largo de esta centuria. El monumento público pasará a convertirse en un elemento centralizador del nuevo urbanismo ordenado y racional que busca dejar atrás las laberínticas calles de origen medieval. Se derribarán iglesias y conventos para construir nuevas plazas, se derrocarán murallas y puertas para liberar a las ciudades de sus corsés y se diseñarán jardines y paseos arbolados en los que la burguesía y las clases acomodadas pudieran ver y dejarse ver. En la práctica los avances urbanísticos del siglo XIX supusieron la pérdida de una buena parte del patrimonio monumental de nuestras ciudades, pero a cambio heredamos ciudades más higiénicas y ordenadas.


Fuente de Tritón en los Jardines de las Delicias

Los Jardines de las Delicias serán, tras la construcción de la Alameda de Hércules, el primer gran espacio abierto ajardinado de la ciudad. Su concepción se debe al empeño personal del Asistente Arjona, de ahí que la ciudadanía pasase a denominar esta zona verde como 'Jardines de las Delicias de Arjona'. Las primeras obras se llevarán a cabo en 1825 como parte de un proyecto mucho más ambicioso que contemplaba la reordenación y ajardinamiento del Paseo de las Delicias desde el Salón del Cristina (otro de los espacios verdes abiertos en esta época) hasta los límites de la ciudad por la zona sur. Durante años los Jardines se fueron remodelando y decorando con obras escultóricas de gran calidad, provenientes en gran parte de la Plaza del Museo.

Dios Pan

Estas esculturas de carácter mitológico están fechadas en el siglo XVIII y pertenecieron al Palacio Arzobispal de Umbrete. Por diversos avatares terminaron en la Plaza del Museo y finalmente se colocaron en los Jardines de las Delicias, haciendo de esta zona verde un auténtico museo al aire libre. Entre las piezas destacan las efigies de Tritón, Urania, Pan y la diosa Venus. Curiosamente en el Parque de María Luisa se encuentran otras dos esculturas de similar factura de las que poca documentación existe sobre su procedencia.

La musa de la Astronomía, Urania

Del mismo modo que se crearon paseos y jardines, el siglo XIX fue testigo de la apertura de nuevas plazas que ocupaban los solares de conventos e iglesias. Fue sobre todo durante la invasión francesa cuando se llevaron a cabo derribos selectivos con la idea de crear espacios libres que permitieran una mejor circulación del aire. A esta época pertenecen la Plaza Nueva, la de la Encarnación (donde se construiría el mercado central de abastos) o la de la Magdalena, donde se encontraba la parroquia del mismo nombre. El aspecto actual de esta última plaza nada tiene que ver con el carácter romántico y monumental que tuvo en el siglo XIX y primera mitad del XX al haber desaparecido todos sus grandes palacios, pero conservamos la fuente inaugurada en 1844 que reutiliza piezas provenientes de otros espacios, como la musa Calíope que remata el conjunto. El pedestal de la fuente es de gran interés por las figuras acuáticas que danzan a su alrededor.


Unos años más tarde nacía la fuente conocida como Pila del Pato, que en un primer momento estuvo en la Plaza de San Francisco, donde queda instalada en 1850, para después pasar a la Alameda de Hércules y finalmente acabar en la plaza de San Leandro.


Pero sin duda el gran protagonista de la estatuaria pública sevillana del siglo XIX será Antonio Susillo, nacido en 1857 y formado en París. Sus esculturas supusieron una auténtica revolución en la ciudad y con él llega a Sevilla una corriente que buscaba ensalzar lo local a través de grandes prohombres que sirvieran de ejemplo a la ciudadanía. De este modo, no sólo se rendía homenaje a figuras fundamentales de la historia local, sino que se buscaba la mejora estética de las transformaciones urbanísticas llevadas a cabo. Susillo inicia en Sevilla una corriente que ha perdurado hasta nuestros días y que tuvo su segunda época dorada durante la Exposición Iberoamericana. Basta ver cualquiera de las figuras modeladas por Susillo para ver que el canon que se sigue utilizando hoy en día en nuestra ciudad es el mismo, pero sin llegar a la extraordinaria calidad de obras como el Velázquez, el Daoiz o el Cristo de las Mieles del Cementerio.

Luis Daoiz, héroe sevillano de la Guerra de la Independencia

En 1885 se le encarga a Susillo la realización del monumento a Luis Daoiz, héroe sevillano de la Guerra de la Independencia. El monumento se inaugurará cuatro años después elevándose sobre un alto pedestal de mármol rojo donde dos relieves narran sendos episodios de la vida del homenajeado: el levantamiento del 2 de mayo y su fallecimiento. La fuerza, coraje y valentía que desprende la figura de Daoiz son toda una declaración de intenciones para el pueblo sevillano.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, el pintor de la Verdad

De 1892 es el monumento a Velázquez de la Plaza del Duque, otro de los espacios del centro histórico que perdió gran parte de su personalidad en la segunda mitad del siglo XX. Si en el monumento a Daoiz destaca el coraje y la intensidad de la figura, en el de Velázquez Susillo nos muestra al genio de la pintura universal que, a pesar de valía, no cae en la arrogancia y se muestra sereno y consciente de su valía. El monumento a Velázquez no es el primero que se levanta a uno de nuestros grandes pintores ya que unos años antes, en 1864 se había inaugurado el monumento a Murillo frente a la fachada principal del Museo de Bellas Artes, obra de Sabino de Medina.

Monumento a Miguel Mañara

También corresponde a Susillo el monumento que la Hermandad de la Caridad dedicada a Miguel Mañara, su gran impulsor. Susillo no llegaría a ver fundida la escultura debido a su trágica muerte, pero el proyecto siguió adelante inaugurándose en 1902. La pieza, que sigue muy de cerca a la que realizó en piedra para el Palacio de San Telmo, presenta a Mañara como un ejemplo de piedad y humanidad, portando en sus brazos a un enfermo que apenas puede sostenerse en pie. Al igual que en las esculturas de Velázquez y Daoiz, la calidad de la pieza es extraordinaria logrando un realismo de inspiración barroca que no deja indiferente a nadie.

Cristo de la Clemencia o 'de las Mieles'

Ese realismo con un trasfondo barroco está también presente en el Cristo de las Mieles, fundido en bronce en 1880 y que centra la glorieta principal del Cementerio de San Fernando. Las leyendas que pesan sobre esta escultura son por todos conocidas, pero la única verdad es que la escultura es magistral, una de las obras cumbre de la escultura sevillana y un ejemplo difícil de superar. Bajo sus pies se halla la tumba del propio escultor lo que la dota de un mayor dramatismo teniendo en cuenta la negativa de la Iglesia a enterrar en recinto sagrado a un suicida y cómo fue el propio pueblo sevillano el que pidió que el escultor reposara en tan insigne lugar.


Cerramos este recorrido por el monumento público en la Sevilla del siglo XIX con la galería de sevillanos ilustres del Palacio de San Telmo, realizada por Antonio Susillo unos años antes de morir. Si bien se trata de un edificio particular, el simbolismo y vocación pública de las esculturas son innegables. Con la realización de esta galería los duques de Montpensier afianzaban su influencia en la sociedad sevillana al mismo tiempo que mostraban a los grandes prohombres de la ciudad como ejemplo a seguir (eran otros tiempos, hoy en día habría que añadir a aquellas mujeres que también son un referente para todos nosotros por su personalidad y contribución a la sociedad).

Antonio Susillo marcó un antes y un después en la escultura sevillana que había ido perdiendo protagonismo conforme se iba apagando la llama barroca. Gracias a él, la escuela sevillana de escultura se renovó y fueron muchos los artistas que se formaron con él y que posteriormente trabajaron en la ciudad levantando nuevos monumentos públicos al calor de la Exposición Iberoamericana. Es precisamente esta grandeza la que se intenta imitar hoy en día en los monumentos que se siguen levantando en la ciudad, pero ni la calidad artística ni el sentido social y cultural son los mismos.

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