Cualquier excusa es buena para recorrer la geografía andaluza y qué mejor momento para revisitar Málaga que la apertura del Museo Carmen Thyssen. En su primer fin de semana de apertura, el museo ha recibido 11.000 visitantes, seguramente más atraídos por la figura de la benefactora y el carácter gratuito de las jornadas que por disfrutar del arte, pero no está nada mal como presentación en sociedad. Cultura de Sevilla no quería perderse uno de los acontecimientos culturales más importantes del año a nivel nacional y, tras hora y media de cola, por fin entramos en el museo, ubicado en el palacio de Villalón, felizmente restaurado para la ocasión.
Del inmueble del siglo XVI no es que quede gran cosa, apenas el patio y un par de armaduras de madera en sus salas nobles, por ello ha sido necesario toda una operación de cirugía urbana para ganar metros cuadrados aprovechando inmuebles colindantes. Algunas de esas actuaciones no han sido del todo afortunadas y, por ejemplo, ha recibido muchas críticas que uno de los edificios de nueva planta tape la fachada de la iglesia de San Ignacio, vecina del museo. Sin embargo, la recuperación de la fachada principal del palacio ha sido todo un acierto, eliminando los azulejos que la enmascaraban y recuperando la portada primitiva.
Las construcciones contemporáneas son lo más asépticas posible, recordando en cierta medida la intervención realizada hace años en el Museo Picasso malagueño donde también se optó por los volúmenes blancos para completar un inmueble histórico (en este caso, el Palacio de Buenavista) sin destacar en exceso para no restarle protagonismo. Junto al Palacio de Villalón se ha levantado la sede de la Fundación Palacio de Villalón, órgano gestor del museo y que cuenta entre sus patronos con Carmen Thyssen y el Ayuntamiento de Málaga, que es quien ha puesto los 20 millones de euros que ha costado rehabilitar el edificio y equiparlo como museo.
Una vez dentro, el patio noble del antiguo palacio sirve para distribuir al público por las cinco plantas del museo. De esas cinco plantas, actualmente sólo se pueden visitar tres ya que la última está destinada a acoger las exposiciones temporales (la primera, "De Picasso a Tàpies" se inaugurará en abril) y la planta sótano, donde se hallan los restos arqueológicos aparecidos durante las obras, aún no es visitable. La colección, formada principalmente por pintura del siglo XIX y principios del XX está colgada en diferentes salas dispuestas por las tres plantas restantes. Básicamente la exposición se ha dividido en tres grandes apartados: "Paisaje romántico y costumbrismo", "Preciosismo y paisaje naturalista" y "Fin de siglo".
¿Y qué nos encontramos una vez dentro de las salas? Pues, sorprendentemente (o no tanto) una continua referencia a Sevilla, ya sea en los temas tratados (el Río Guadalquivir, la Giralda, la Alfalfa, la Semana Santa sevillana, la escuela de Alcalá de Guadaíra...) o en los artistas presentes (los Bécquer, los Bejarano, García Ramos, Sánchez Perrier, Gonzalo Bilbao...). Sin duda nunca está de más tener una buena embajada en Málaga. Sevilla fue durante el siglo XIX lugar de peregrinación de artistas y extranjeros, si a eso le sumamos la labor de mecenazgo de los duques de Montpensier durante buena parte de la segunda mitad del siglo, se entenderá la profusión de obras de carácter sevillano en la colección del Thyssen malagueño.
Como se recordará, hace años, la baronesa alentó las esperanzas de que Andalucía contara con dos museos Thyssen, uno en Málaga dedicado al siglo XIX nacional e internacional y otro en Sevilla centrado en la colección andaluza. El alcalde malagueño no dejó escapar la oportunidad e hizo cuanto pudo para atar la colección malagueña. En Sevilla finalmente el tren pasó de largo (como en tantas ocasiones). Unos dicen que la baronesa simplemente tanteó a ver quién ponía más carne en el asador, aprovechando la rivalidad de las dos capitales andaluzas, otros que la delegada de Cultura sevillana no trató como se merecía a la baronesa y no luchó por el museo. Sea como sea, lo cierto es que la colección no da como para dos museos y era algo absurdo tanto Thyssen en la misma región. El museo está en Málaga y debemos alegrarnos por ello.
Visitando la colección nos encontramos con piezas de extraordinaria calidad como esta escena de la Semana Santa sevillana de Alfred Dehodenq, la Giralda de José Domínguez Bécquer o los paisajes de Carlos de Haes y Fortuny. Pero también hay grandes sombras y obras de dudosa calidad que no hacen justicia a los artistas que las pintaron. Las obras de Gonzalo Bilbao son un ejemplo de ello, si comparamos lo que hay en el Thyssen con lo que tenemos en el Bellas Artes sevillano, parecen dos artistas completamente diferentes. La última sala del museo es quizás donde se note menos la mano del barón Thyssen y su indudable gusto a la hora de comprar arte.
Mucho se ha hablado en Sevilla sobre la comparación entre esta colección y la de Mariano Bellver. Tras el fracaso de las conversaciones con la baronesa, tanto Junta como Ayuntamiento se apresuraron a decir que la colección Bellver es superior en calidad y no dudaron en retratarse con el mecenas para calmar a una opinión pública que vio como la marca Thyssen pasaba de largo por Sevilla. Lo cierto es que varios años después, la situación sigue exactamente igual. Mientras que Málaga tiene abierto su Museo, en Sevilla no hemos avanzado absolutamente nada, ni se ha firmado un acuerdo con Bellver ni hay una plena garantía de que la colección se quede en Sevilla, precisamente por la falta de tacto e interés de Junta y Ayuntamiento que juegan al ratón y al gato para ver quién se cuelga una medalla que en realidad debería colgarse Bellver por su paciencia.
Tras conocer el Museo Thyssen malagueño me queda bien claro que la colección de Bellver perfectamente puede ser el germen de un museo independiente. Al ver esas colas para entrar al Thyssen, ver cómo con apenas doscientas obras se monta todo un museo y comprobar el tirón que tiene la pintura de este siglo, no puedo más que desear que en Sevilla a alguien se le encienda una luz y se apueste por rehabilitar un edificio que albergue la colección Bellver, gestionada por una Fundación que lleve a cabo todo tipo de actividades (las exposiciones temporales son fundamentales) y continúe comprando obras para engrandecer la colección. Pero ello requiere decisión y sobre todo dinero, algo que en Sevilla está muy mal visto si se destina a la Cultura. No me quiero ni imaginar las reacciones del estamento cultural sevillano si el Ayuntamiento se gastase veinte millones de euros en un museo de este tipo. Sin lugar a dudas, Monsalves no es el lugar para la colección Bellver, por espacio y porque hipotecaría la ampliación del Bellas Artes. ¿La solución? Un museo independiente que contribuya a mejorar la infraestructura cultural sevillana y amplíe la nómina de espacios para visitar en la ciudad. La única laguna que le veo a la colección Bellver con respecto a la del Thyssen es la referencia a lo que ocurría más allá de nuestras fronteras. Mientras que la colección Thyssen muestra pintura internacional, la Bellver se centra demasiado en Andalucía, impidiendo una visión más de conjunto del panorama artístico de esa época.
Por último llegamos a la última de las salas del museo, una especie de cajón de sastre donde han ido a parar una serie de piezas que, la verdad, no se entiende muy bien por qué están ahí. Nos encontramos desde un Cristo gótico del siglo XIII a una Santa Marina de Zurbarán (siglo XVII) pasando por dos deliciosos ángeles de los Della Robbia (siglo XV). Estas obras no tienen relación alguna ni con la época del palacio, ni con Málaga ni con la temática del Museo, pero ahí están, por deseo expreso de Carmen Thyssen. Interesante, pero fuera de lugar.
Una visita de lo más agradable. Sin duda Málaga gana más puntos con esta apertura. Habrá que ver la reacción del público cuando tenga que pagar los seis euros que cuesta la entrada. El Museo Picasso ha sido un éxito, en gran parte gracias a la rica y variada selección de muestras temporales. ¿Ocurrirá lo mismo con el Thyssen? Esperemos que sí y Málaga aproveche bien este tirón cultural.